¿Pueden cambiar las personas quebrantadas?

Todos nos hemos hecho la pregunta en algún momento: ¿Puede la gente cambiar realmente?
No temporalmente. No superficialmente. Sino cambiar verdadera, profunda y permanentemente.
Tal vez la pregunta surja de la decepción. Tal vez alguien nos haya herido repetidamente. Tal vez estemos cansados de fallar nosotros mismos en las mismas áreas. A veces, el quebranto puede sentirse tan profundamente arraigado que el cambio parece imposible.
Pero la Escritura presenta un panorama diferente.
En Mateo 18:21-22, Pedro le hace a Jesús una pregunta que muchos de nosotros haríamos:
«¿Cuántas veces debo perdonar a alguien que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?».
Jesús responde:
«No siete veces, sino setenta y siete veces».
Jesús no le estaba dando a Pedro una fórmula matemática; estaba revelando el corazón de Dios. El perdón no tiene límites, porque la gracia de Dios no tiene límites. Este pasaje nos recuerda que las personas son mucho más que sus peores errores. Mientras que el mundo a menudo etiqueta a las personas por sus fracasos, Dios ve la posibilidad de redención.
Eso no significa que el cambio sea fácil. No significa que la confianza se restaure al instante. Pero sí significa que ninguna persona está fuera del alcance de la misericordia de Dios.
Esta verdad se vuelve aún más poderosa en Ezequiel 37:1-14.
El profeta Ezequiel es llevado a un valle lleno de huesos secos: restos dispersos, sin vida y sin esperanza. Dios le hace una pregunta desconcertante:
«¿Pueden vivir estos huesos?».
Desde una perspectiva humana, la respuesta parecía obvia. Los huesos secos no vuelven a la vida. Las cosas muertas permanecen muertas.
Pero Dios le dice a Ezequiel que hable a los huesos y, de repente, lo imposible comienza a suceder. Los huesos se reconectan. Se forma la carne. El aliento entra en sus cuerpos. Lo que alguna vez estuvo muerto vuelve a cobrar vida.
El valle de los huesos secos representa algo más que el antiguo Israel. Refleja aquellos lugares de nuestra vida que se sienten vacíos, exhaustos e irreparables. Representa relaciones rotas, corazones heridos, adicciones, vergüenza, amargura, sequedad espiritual y aquellas partes de nosotros mismos que suponemos que jamás podrían ser restauradas.
Sin embargo, Dios se especializa en la resurrección.
El mensaje de Ezequiel no es que las personas puedan repararse a sí mismas mediante la pura fuerza de voluntad. La verdadera transformación ocurre cuando Dios insufla nueva vida en nosotros. La sanación comienza cuando Dios entra en aquellos lugares que ya habíamos dado por perdidos.
A veces vemos a las personas a través del prisma de su pasado:
«Nunca cambiarán».
«Han fracasado demasiadas veces».
«Están demasiado rotas».
Pero Dios ve historias inconclusas.
El mismo Dios que dio vida a los huesos secos sigue restaurando corazones hoy en día. Él sigue reconstruyendo matrimonios, renovando la fe, sanando heridas y transformando vidas que parecen no tener esperanza.
Y tal vez el desafío más difícil en estos pasajes no sea simplemente creer que Dios puede cambiarnos, sino creer que también puede cambiar a las personas que nos rodean.
El perdón se convierte en un acto de fe. La paciencia se convierte en una expresión de gracia. Comenzamos a dejar espacio para que Dios actúe de maneras que aún no podemos ver.
La belleza del Evangelio es que el quebrantamiento nunca es el final de la historia. A través de Cristo, las cosas muertas pueden volver a vivir. La esperanza puede resurgir. Las personas pueden cambiar.
No porque las personas sean lo suficientemente fuertes por sí mismas, sino porque Dios es lo suficientemente poderoso para restaurar aquello que parece imposible.
Ningún valle es demasiado seco.
Ningún corazón está demasiado perdido.
Ninguna historia está más allá de la redención.
