La fe no significa nunca preguntar: «¿Cuánto tiempo, Señor?» Significa llevar esa pregunta honestamente a Dios y seguir llamándolo «mi Dios». Nuestra fe puede ser débil y nuestras circunstancias pueden seguir siendo dolorosas, pero el amor firme de Dios no cambia. Debido a que Cristo murió y resusutó, el sufrimiento, el pecado y la muerte nunca tienen la última palabra.