Nuestra esperanza no se encuentra en tener circunstancias perfectas o sentir siempre la presencia de Dios. Nuestra esperanza se encuentra en el Cristo inmutable. Cuando nuestras almas están sedientas, desanimadas o abrumadas, Jesús se encuentra con nosotros como el Agua Viva y nos invita a poner nuestra esperanza en Él nuevamente.